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El ejército de piedra, Luis Manuel Ruiz.

11/09/2015

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Hace algo más de un año, el abril pasado concretamente, disfruté con una novela que me sorprendió muchísimo. Me lo pase increíblemente bien leyéndola. Era El hombre sin rostro de Luis Manuel Ruiz. Una novela que mezclaba el misterio, fino humor negro, las ciencias naturales, las matemáticas, un Madrid del 1908 espectacular…y unos personajes extraordinarios. Os hable de ella en esta reseña.

Ahora y para mi sorpresa (porque no tenía ni idea), Luis Manuel Ruiz ha sacado una segunda parte, un nuevo caso, en el mismo Madrid y con los mismos personajes, un año después de El hombre sin rostro.

Madrid, principios de 1909, un suceso tan extraño como increíble está sacudiendo la capital de España. Al parecer las estatuas que adornan plazas, parques, azoteas y jardines, están cobrando vida. A la vista de unos pocos (y enloquecidos) testigos, las estatuas, después de cobrar vida, se bajan de sus peanas y arrasan cuanto se le pone por delante.

Se han sucedido varios robos y destrozos por valor incalculable y las autoridades están más que preocupadas, el rumor de que unas estatuas pueden haber cobrado vida empieza a correr como la pólvora y temen hacer un ridículo espantoso si no ponen remedio a la situación.

Para ello pedirán ayuda a nuestro querido profesor Fo, que junto a otros sabios de la nación (a cual más pintoresco), deberán buscar una solución a tamaño problema. Aunque la verdad es que lo único que hacen ese montón de salvadores es reunirse y comer con glotonería desmedida y aplaudir y vitorear fervorosamente a cada pequeña ocasión en que no tienen las manos y el paladar ocupados en pinchar, cortar, morder o tragar.

Así pues Fo, junto a su fantástica hija Irene y, de nuevo, nuestro singular aprendiz de periodista Elías Arce, serán los encargados reales de descubrir quién o qué hay detrás de unas estatuas vivas que están desencadenando el caos por todo Madrid. Pero en este segundo caso, un cuarto miembro se unirá al esquipo, el inspector Trinidad Vidarte, un tipo violento, bruto, machista y de moral baja que competirá en carácter y fuerza con la perspicaz Irene Fo.

No puedo más que repetirme de nuevo, me lo he pasado en grande leyendo las aventuras de los Fo, diría más, me lo he pasado aún mejor que hace un año. Ruiz ha vuelto a escribir una novela sobresaliente en todos los sentidos, desde la trama hasta los secundarios.

Me fascina como escribe Luis Manuel Ruiz, con un estilo depurado, rico, elegante, exquisito y repleto de palabras de época, una narración que te transporta y te envuelve con una facilidad pasmosa. Sin la pátina pretenciosa de la alta literatura, Ruiz nos narra una historia divertidísima, llena de fino humor negro, cercana, una historia llena de aventuras, ciencia y misterio, y lo hace con una clase tal, que palidecen muchos de los libros que yacen en las mesas de novedades de editoriales que se jactan de publicar literatura seria.

Y sus personajes. Irene, el profesor Fo, Elías Arce, Vidarte, todos llenos de vida, sublimes, reconocibles por sus múltiples matices, vívidos, unos personajes fantásticos, moldeados con gran cariño, con meticulosidad, incluso sus secundarios son de traca. Unos personajes y un mundo propio donde ya habitan, un Madrid de principios de siglo, esplendoroso, enorme, único, un escenario perfecto donde seguir sus aventuras muchas entregas más.

De principio a fin, El ejército de piedra es sólida como esas estatuas que cobran vida, la trama, meticulosa y redonda, se despliega con el ritmo justo para tenernos atrapados, pero no atosigados, la historia se desliza entre azoteas, áticos, laboratorios, parques, canteras y alguna cueva, con una aparente sencillez que nos envuelve en un Madrid tan apetecible que uno se disgusta por no estar allí mismo, entre los coches de caballos, la niebla, los adoquines y los fastuosos edificios de principios de siglo que plagaban las calles de la capital.

Luis Manuel Ruiz ha escrito una novela a medio camino entre la novela de aventuras, el folletín y la novela de misterio, una mezcla exuberante y deliciosa que rezuma ironía, humor y ciencia por todas sus páginas. Una novela que engaña por su aparente sencillez y que se descubre apasionante y conmovedora cuando entramos a fondo en ella.

EL ejército de piedra
Luis Manuel Ruiz
Salto de página 2015
320 páginas.

El hombre sin rostro, solvencia científica, narrativa y aventurera.

08/04/2014

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Cuando sea mayor quiero escribir una novela -al menos una – en que se mezclen la ciencia, la aventura y el misterio. Como esas aventuras que escribía H.G.Wells que nos mantienen pegados a sus páginas. O Como esas aventuras de Julio Verne que nos excitan los sentidos y nos hacen volar la imaginación. O como esos misterios que escribía Arthur Conan Doyle y que nos hacen devorar páginas mientras un escalofrío nos recorre el cuerpo intentando saber quién hizo qué. Quiero una mezcla, quiero conseguirlo todo en una sola historia.

Me gustaría que uno de los protagonistas fuera un científico, uno de los mejores en Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, un tipo despistado, al que le gustaran mucho los dulces, que hubiera consagrado su vida a la investigación, un tipo un poco arrogante pero simpático, como un Papa Noel increíblemente listo y que a veces corrige a todo el mundo ¡Y con un mayordomo vampírico!, de doscientos años, servicial, callado y oscuro ¡Sí! Y que tuviera una hija, una hija igual de inteligente que él, no, más, insultantemente lista y esta sí, arrogante de una manera altanera y fría, como si el resto del mundo fuera algo con lo que tuviera que convivir porque no le queda otro remedio, y que fuera increíblemente guapa, delgada, con unos ojos en los que perderse y dar vueltas y vueltas sin remedio. Y que le gustara el boxeo, por qué no, y que no fuera consciente de su belleza, de su atracción.

Y pondría un protagonista más, un periodista, un chico joven, un novato que ha logrado su puesto por una sucesión de casualidades y que quiere demostrar a toda la redacción –que se ríe de él- que es uno más, que tiene el ADN necesario para ser un reportero de los mejores, que tiene agallas. Me gustaría ponerlos a los tres juntos por ejemplo a resolver un misterio relacionado con la ciencia, algo que incluyera a otros compañeros de mi eminente científico, algo relacionado con sus pasados, alguna investigación secreta, oscura, que ponga en jaque sus vidas, es más, que algunos de ellos estuvieran siendo asesinados, uno a uno y que nuestro querido científico fuera uno de los siguientes.

Y para darle un toque romántico lo ambientaría en un Madrid de 1908, con ese toque sepia y esa niebla tan Victoriana, con esa mezcla de coches de caballos y los primeros bólidos a motor, como los Mercedes Simplex de ocho válvulas –y haría que la hija del profesor condujera uno a toda velocidad para disgusto de mi joven periodista-. Podría basar parte de la acción en el Museo de Historia Natural de Madrid, tan grande, tan silencioso, tan enigmático, lleno de esqueletos de dinosaurios, de animales disecados, de esos cuerpos extraños bañados en formol, de minerales, de geodas, todo iluminado con lámparas de gas, con esos grandes ventanales, los pasillos enormes, incluso podría escenificar un asesinato en una de las salas…

Y le daría a la novela un tono de ironía, de humor negro, con escenas divertidas y llenas de desparpajo, intentaría hacerla compacta y escribirla con una prosa fuerte, dinámica, con toques científicos pero sin apabullar al lector, buscaría el equilibrio perfecto entre una buena e interesante historia y una historia entretenida divertida y misteriosa, la mezcla podría ser espectacular, si, dinámica, llena de aventuras, pero sosegada y escrita con fruición, inteligente, alejada del Pulp, pero cercana y con un toque gamberro…

Me gustaría hacerlo, incluso tengo el nombre para esa novela, se llamará El hombre sin rostro, es un nombre perfecto, no puede ser otro.

Mezclar ciencia y misterio, asesinatos, aventuras, viajes, mujeres al volante de bólidos, periodistas miedosos, y un Madrid de 1908, podría ser algo así como misterio, aventuras y ciencias puras, que me decís ¿Os gusta la idea?

Y podrá empezar…

En mitad de la noche, el único sonido que recorría las galerías del Museo de Historia Natural era los pasos de un hombre que huía. Para no extraviarse en la inmensidad de las salas, el hombre debía detenerse boqueando, aproximarse a la pared con el fin de encontrar la rodela del gas, aplicar la cerilla y aguardar un poco hasta que la oscuridad volvía a convertirse en vitrinas, aparatos y láminas…