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Una muerte solitaria, de Craig Johnson

16/05/2016

una muerte solitaria

 

La primera entrega del sheriff Walt Longmire ya dejaba bien claro que Craig Johnson era un tipo que hacía las cosas bien. Muy bien. Ya dejé claro que Longmire me seducía por completo y que me rendí al ritmo, pausado y reflexivo de Fría vengaza; a su humor negro, su ironía y sus personajes tan bien perfilados, profundos y en ocasiones excéntricos. Qué demonios, no sé quién está más chiflado de toda la panda.

No me he podido sacar de la cabeza la manera de tomarse las cosas de Longmire y no me he podido sacar de la cabeza a Vic. Dios mío. Supongo que eso es lo que se busca, hacer que al lector le quede un remanente, una sensación, unas cuantas imágenes. Johnson lo ha conseguido. Con la primera y con esta segunda. Los personajes ya son míos, ya los considero míos. Los escenarios, las costumbres, los dejes. El mal humor de casi todos, los exabruptos, la fina ironía. La cálida sensación de entenderse con una mirada. La complicidad. El sentimiento de ser parte de una pequeña familia.

Mientras todo el mundo te dice una y otra vez que la soledad no es humana, que hay que rodearse de gente y ser participativo, yo solo puedo pensar en Longmire, en Vic, en Rubi y en Lucian, que están prácticamente solos y solo se tienen los unos a otros. Porque lo que de verdad sería extraordinario –en mi vida, en la de cualquiera- sería alcanzar el nivel de complicidad de esa oficina del Sheriff, esa camaradería, ese pertenecer que da sentido a la vida.

Si en Fría venganza conocimos en profundidad la cultura de los de indios Cheyenne, Johnson se deja caer en esta novela con la cultura vasca -la española, si-. Solo que de un reducto de vascos venidos de Francia que fue a parar a Wyoming.

Una anciana de origen vasco fallece en la residencia de Durant. Nada extraño. Pero Lucian, nuestro antiguo sheriff e inquilino del centro, llama a Longmire para que investigue el asunto, ya que él cree que ha no ha muerto de manera natural. Como no podía ser de otra manera eso desata no solo una investigación donde saldrán a la luz innumerables claro-oscuros del pasado de Mari Baroja –que así se llama la fallecida-, sino que también ara florecer unos cuantos secretos bastante jugosos de Lucian, de los que Longmire no tenía ni la menor idea.

Una muerte solitaria es de nuevo una novela de personajes, una novela de vidas; de pasados y presentes. Johnson hace investigar a Longmire un caso de hace cincuenta años y sacar a la luz un montón de rencillas, odios e intereses. Y lo hace como la primera vez, con tranquilidad y una fluidez exquisita, con reflexiones de sus protagonistas y mostrando la cara más humana de sus personajes. Sin olvidar ese humor negro y esa fina ironía que lo impregna todo y que maneja de manera soberbia.

Además, sin entrar mucho en detalles, Johnson agrandara el equipo de la oficina del sheriff con nuevas incorporaciones. Solo diré que es una decisión acertadísima y que va a dar mucho juego.

Por segunda vez Johnson me deja un montón de imágenes en la retina y una extraña sensación de calma al terminar una de sus novelas. Todo en orden.

Una muerte solitaria

Craig Johnson

Siruela 2013

312 páginas