El gran arresto, de Ken Bruen

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Dos años desde mi último Bruen, cada vez es más difícil conseguirlos. Por suerte, o por desgracia, ya tengo todos los que se publicaron en España. Que fueron muy pocos.

Ya sabéis que me apasiona Ken Bruen, su serie del malogrado Jack Taylor me parece sublime, de lo mejor que he leído nunca en género negro y de las que en España solo se tradujeron tres entregas. Y sin seguir ningún orden. Poco después de esos tímidos intentos por publicar a Bruen, Pàmies editó los dos primeros de otra serie, la del inspector jefe Roberts y el sargento Brant. Dos auténticos hijos de puta. Y de la que hoy os traigo la primera entrega. Por último, y aprovechando el tirón del estreno de la película, Pàmies editó también London Boulevard, una novela independiente que promete ser igual de buena que el resto. Luego ya nada de nada, Bruen es solo un recuerdo en este país con todas sus novelas saldadas, así que si os cruzáis con cualquiera de ellas, compradla por Dios.

Después de jodernos bastante con la las novelas de Jack Taylor; un personaje siempre melancólico, entrando y saliendo del alcoholismo y dándonos a los lectores un disgusto tras otro, Bruen cambia totalmente de registro en esta otra serie y nos presenta a dos personajes totalmente diferentes a Taylor. Roberts y Brant son muchos más duros que Taylor, más seguros de sí mismos, más violentos, y, lo que marca la diferencia en cuanto a Taylor, Roberts y Brant no tienen la ética, ni la humildad, ni mucho menos la humanidad y lealtad que definen a Jack Taylor.

Roberts y Brant son dos descerebrados con placa, el primero inspector y el segundo sargento. Los dos ostentan cargos con poder donde pueden humillar a todo el que esté por debajo de ellos. A veces incluso por encima. Son maleducados, mal hablados, chulos, chanchulleros, vengativos, machistas, soeces, lo que queráis. Pero molan un huevo. Entendedme, no son desagradables al nivel de Evert Bäckström, estos son así porque la vida los ha hecho así, son unos capullos, pero en el fondo son buenos tíos.

Roberts y Brant ya han jugado todas sus cartas en la comisaría, están a un paso de ser expedientados y que les den una patada en el culo a cada uno y los manden a casa para siempre. El capitán está al día de la brutalidad de Brant en los interrogatorios, de que se pase las normas por el forro, de que use su placa para no pagar prácticamente nada de lo que compra. Incluso los lingotazos. También está al día de que Roberts haga la vista gorda con Brant, de que le cubra todas las cagadas, de que se escaquee, de sus extorsiones y de sus amenazas a terceros. Los dos necesitan un Gran arresto, uno de esos que borre de un plumazo sus malas reputaciones y deje sus expedientes más limpios que el culito de un bebé.

Y es entonces cuando aparecen El Árbitro y La banda de la E. El primero es un psicópata que se dedica a matar a jugadores profesionales de Críquet, tiene una fijación con ellos, y ha empezado una venganza personal. Los segundos son cuatro veinteañeros blancos (nótense las cursivas) encabezados por un maníaco paranoico que quiere limpiar el barrio de yonkis, traficantes y demás escoria. Y su manera de limpiar el barrio es colgar a los susodichos de las farolas.

Aunque en esta novela Bruen cambie de personaje y de escenario (con Jack estábamos en Irlanda y con R&B estamos en Londres) el estilo que emplea para escribir esta nueva serie es el mismo estilo único que le caracteriza; ese estilo parco, ahorrativo, directo, Bruen no es de los que pierde el tiempo en florituras, en descripciones innecesarias (¡que me aspen! ¡Yo me di cuenta que Falls era negra diez páginas antes de terminar el libro!), en relleno que no va ninguna parte. Bruen establece un juego con el lector, él te da una parte de la historia y tú tienes que rellenar los huecos vacíos. Eso se traduce en capítulos cortos o muy cortos, cosa que me fascina y que le da un ritmo a la novela endiablado, y en esos capítulos incluso cabe la posibilidad de que dos tramas estén mezcladas, apenas separadas por un punto y aparte. Si uno no está atento, puede desorientarse.

No a todos los lectores les gustara el estilo de Bruen, hay que entrar en el juego, hay que prestar atención y te tiene que gustar como Bruen construye las tramas. Además de que sus libros suelen ser duros, con un vocabulario sin filtros y con ese maravilloso don para hacer personajes extraordinarios y bastante trillados.

Y como no podía ser menos, El gran arresto también está plagada de ese humor negro tan característico del autor, esos diálogos afilados y cortantes, esas constantes menciones musicales y esas alusiones a otros autores de género negro que tanto admira Bruen y que en esta novela, se lleva la palma Ed McBain.

El gran arresto
Ken Bruen
Ed. Pàmies 2008
189 páginas.

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