Un filo de luz, de Andrea Camilleri

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¨Ni siquiera tenía amigos que pudieran llamarse verdaderamente ¨amigos¨, de esos en los que confías, a los que les cuentas incluso los pensamientos más íntimos… Fazio y Augello eran amigos, desde luego, pero no pertenecían a esa categoría.¨

Empiezo a sospechar que Salamandra espía a sus lectores. O a algunos de ellos. O quizás me espíe a mí. Es sospechosa la coincidencia que tiene siempre la salida del último libro de Montalbano con mi ninguneado estado de ánimo. Coinciden.

En esta ocasión Camilleri nos vuelve a presentar a un Salvo atribulado, confundido con su vida interior y amorosa, como vimos en Juego de espejos, pero en esta novela Camilleri da un respiro al comisario con sus achaques de la edad y lo martiriza, como no, con una nueva femme fatale de muy señor nuestro, Marian.

No contento con poderle delante a la voluptuosa Marian, dueña de una galería de arte y diana de todos los pensamientos impuros del comisario, Camilleri monta una trama con más de un caso a resolver por el comisario. Así, mientras su relación con Livia está en su peor momento, el comisario tiene que lidiar con un asesinato que parece obra de la Mafia y con dos tunecinos, refugiados políticos, que al parecer son algo más que simples trabajadores del campo.

Como en todas las novelas de Camilleri, más que saber el quién y el porqué, los lectores disfrutamos del camino que nos lleva a la resolución, disfrutamos de la evolución de Montalbano, de sus vicios gastronómicos, de sus deslices amorosos, de sus debilidades, de su genio incontrolable, de sus frustraciones, de su melancolía que nos envuelve. Los lectores de Motalbano no somos meros transeúntes que se cruzan en el camino del comisario, no. A nosotros nos gusta pensar que somos parte de su mundo, que Camilleri nos ha colocado ahí, en un sitio preferente, donde Montalbano nos hace partícipes de todo, como si fuéramos su mejor amigo…

¨Era del todo consciente de que, si algunas noches se quedaba horas y horas en el porche fumando y bebiendo whisky, no era por falta de sueño, sino porque le pesaba mucho tener que dormir solo.¨

Y el comisario tiene mucho que contar en esta novela. Su mundo se viene cada vez más abajo, su melancolía gana terreno, se siente cada día más solo, su relación con Livia es un tormento de discusiones, desconfianzas y amor que se evapora. Y por si fuera poco el recuerdo de François, el niño que él y Livia estuvieron a punto de adoptar, vuelve con fuerza una y otra vez para recordarle que podría haber dado un paso para formar una familia, para empezar una vida con ella.

¨Él se conocía, sabía de sobra que no tenía capacidad para adaptarse a otra persona, ni siquiera queriéndola como quería a Livia. Ni capacidad ni voluntad.¨

Pero aunque todo pinte mal, y nuestro comisario no este del todo en forma, la novela está lejos de ser oscura o triste, Camilleri se las hace pasar putas al comisario, por supuesto, pero siempre quitando hierro a las situaciones, siempre imprimiendo ese humor italiano tan impetuoso. Qué haríamos los lectores sin nuestro querido Catarella, sin los estallidos de mal humor del comisario, sin las prisas por llegar a todas partes, sin los mal entendidos de Montalbano con sus chicos…

Un filo de luz
Andrea Camilleri
Salamandra 2015
219 páginas.

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