Archive for 30 abril 2015

El gran arresto, de Ken Bruen

30/04/2015

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Dos años desde mi último Bruen, cada vez es más difícil conseguirlos. Por suerte, o por desgracia, ya tengo todos los que se publicaron en España. Que fueron muy pocos.

Ya sabéis que me apasiona Ken Bruen, su serie del malogrado Jack Taylor me parece sublime, de lo mejor que he leído nunca en género negro y de las que en España solo se tradujeron tres entregas. Y sin seguir ningún orden. Poco después de esos tímidos intentos por publicar a Bruen, Pàmies editó los dos primeros de otra serie, la del inspector jefe Roberts y el sargento Brant. Dos auténticos hijos de puta. Y de la que hoy os traigo la primera entrega. Por último, y aprovechando el tirón del estreno de la película, Pàmies editó también London Boulevard, una novela independiente que promete ser igual de buena que el resto. Luego ya nada de nada, Bruen es solo un recuerdo en este país con todas sus novelas saldadas, así que si os cruzáis con cualquiera de ellas, compradla por Dios.

Después de jodernos bastante con la las novelas de Jack Taylor; un personaje siempre melancólico, entrando y saliendo del alcoholismo y dándonos a los lectores un disgusto tras otro, Bruen cambia totalmente de registro en esta otra serie y nos presenta a dos personajes totalmente diferentes a Taylor. Roberts y Brant son muchos más duros que Taylor, más seguros de sí mismos, más violentos, y, lo que marca la diferencia en cuanto a Taylor, Roberts y Brant no tienen la ética, ni la humildad, ni mucho menos la humanidad y lealtad que definen a Jack Taylor.

Roberts y Brant son dos descerebrados con placa, el primero inspector y el segundo sargento. Los dos ostentan cargos con poder donde pueden humillar a todo el que esté por debajo de ellos. A veces incluso por encima. Son maleducados, mal hablados, chulos, chanchulleros, vengativos, machistas, soeces, lo que queráis. Pero molan un huevo. Entendedme, no son desagradables al nivel de Evert Bäckström, estos son así porque la vida los ha hecho así, son unos capullos, pero en el fondo son buenos tíos.

Roberts y Brant ya han jugado todas sus cartas en la comisaría, están a un paso de ser expedientados y que les den una patada en el culo a cada uno y los manden a casa para siempre. El capitán está al día de la brutalidad de Brant en los interrogatorios, de que se pase las normas por el forro, de que use su placa para no pagar prácticamente nada de lo que compra. Incluso los lingotazos. También está al día de que Roberts haga la vista gorda con Brant, de que le cubra todas las cagadas, de que se escaquee, de sus extorsiones y de sus amenazas a terceros. Los dos necesitan un Gran arresto, uno de esos que borre de un plumazo sus malas reputaciones y deje sus expedientes más limpios que el culito de un bebé.

Y es entonces cuando aparecen El Árbitro y La banda de la E. El primero es un psicópata que se dedica a matar a jugadores profesionales de Críquet, tiene una fijación con ellos, y ha empezado una venganza personal. Los segundos son cuatro veinteañeros blancos (nótense las cursivas) encabezados por un maníaco paranoico que quiere limpiar el barrio de yonkis, traficantes y demás escoria. Y su manera de limpiar el barrio es colgar a los susodichos de las farolas.

Aunque en esta novela Bruen cambie de personaje y de escenario (con Jack estábamos en Irlanda y con R&B estamos en Londres) el estilo que emplea para escribir esta nueva serie es el mismo estilo único que le caracteriza; ese estilo parco, ahorrativo, directo, Bruen no es de los que pierde el tiempo en florituras, en descripciones innecesarias (¡que me aspen! ¡Yo me di cuenta que Falls era negra diez páginas antes de terminar el libro!), en relleno que no va ninguna parte. Bruen establece un juego con el lector, él te da una parte de la historia y tú tienes que rellenar los huecos vacíos. Eso se traduce en capítulos cortos o muy cortos, cosa que me fascina y que le da un ritmo a la novela endiablado, y en esos capítulos incluso cabe la posibilidad de que dos tramas estén mezcladas, apenas separadas por un punto y aparte. Si uno no está atento, puede desorientarse.

No a todos los lectores les gustara el estilo de Bruen, hay que entrar en el juego, hay que prestar atención y te tiene que gustar como Bruen construye las tramas. Además de que sus libros suelen ser duros, con un vocabulario sin filtros y con ese maravilloso don para hacer personajes extraordinarios y bastante trillados.

Y como no podía ser menos, El gran arresto también está plagada de ese humor negro tan característico del autor, esos diálogos afilados y cortantes, esas constantes menciones musicales y esas alusiones a otros autores de género negro que tanto admira Bruen y que en esta novela, se lleva la palma Ed McBain.

El gran arresto
Ken Bruen
Ed. Pàmies 2008
189 páginas.

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Un filo de luz, de Andrea Camilleri

27/04/2015

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¨Ni siquiera tenía amigos que pudieran llamarse verdaderamente ¨amigos¨, de esos en los que confías, a los que les cuentas incluso los pensamientos más íntimos… Fazio y Augello eran amigos, desde luego, pero no pertenecían a esa categoría.¨

Empiezo a sospechar que Salamandra espía a sus lectores. O a algunos de ellos. O quizás me espíe a mí. Es sospechosa la coincidencia que tiene siempre la salida del último libro de Montalbano con mi ninguneado estado de ánimo. Coinciden.

En esta ocasión Camilleri nos vuelve a presentar a un Salvo atribulado, confundido con su vida interior y amorosa, como vimos en Juego de espejos, pero en esta novela Camilleri da un respiro al comisario con sus achaques de la edad y lo martiriza, como no, con una nueva femme fatale de muy señor nuestro, Marian.

No contento con poderle delante a la voluptuosa Marian, dueña de una galería de arte y diana de todos los pensamientos impuros del comisario, Camilleri monta una trama con más de un caso a resolver por el comisario. Así, mientras su relación con Livia está en su peor momento, el comisario tiene que lidiar con un asesinato que parece obra de la Mafia y con dos tunecinos, refugiados políticos, que al parecer son algo más que simples trabajadores del campo.

Como en todas las novelas de Camilleri, más que saber el quién y el porqué, los lectores disfrutamos del camino que nos lleva a la resolución, disfrutamos de la evolución de Montalbano, de sus vicios gastronómicos, de sus deslices amorosos, de sus debilidades, de su genio incontrolable, de sus frustraciones, de su melancolía que nos envuelve. Los lectores de Motalbano no somos meros transeúntes que se cruzan en el camino del comisario, no. A nosotros nos gusta pensar que somos parte de su mundo, que Camilleri nos ha colocado ahí, en un sitio preferente, donde Montalbano nos hace partícipes de todo, como si fuéramos su mejor amigo…

¨Era del todo consciente de que, si algunas noches se quedaba horas y horas en el porche fumando y bebiendo whisky, no era por falta de sueño, sino porque le pesaba mucho tener que dormir solo.¨

Y el comisario tiene mucho que contar en esta novela. Su mundo se viene cada vez más abajo, su melancolía gana terreno, se siente cada día más solo, su relación con Livia es un tormento de discusiones, desconfianzas y amor que se evapora. Y por si fuera poco el recuerdo de François, el niño que él y Livia estuvieron a punto de adoptar, vuelve con fuerza una y otra vez para recordarle que podría haber dado un paso para formar una familia, para empezar una vida con ella.

¨Él se conocía, sabía de sobra que no tenía capacidad para adaptarse a otra persona, ni siquiera queriéndola como quería a Livia. Ni capacidad ni voluntad.¨

Pero aunque todo pinte mal, y nuestro comisario no este del todo en forma, la novela está lejos de ser oscura o triste, Camilleri se las hace pasar putas al comisario, por supuesto, pero siempre quitando hierro a las situaciones, siempre imprimiendo ese humor italiano tan impetuoso. Qué haríamos los lectores sin nuestro querido Catarella, sin los estallidos de mal humor del comisario, sin las prisas por llegar a todas partes, sin los mal entendidos de Montalbano con sus chicos…

Un filo de luz
Andrea Camilleri
Salamandra 2015
219 páginas.