Mal dadas, de James Ross

Mal-dadas

 

Creo que me estoy acartonando. Que me estoy haciendo estrecho de miras. Por Dios bendito.

El exceso siempre me ha venido bien, cuanto más bestia mejor, como en Texas todo es más grande. La música alta, la sangre a borbotones y los muertos a montones. Todo muy primario. La culpa la tiene Tarantino y su visión del mundo, me afilié a ese enfoque de radicalidad, de poderío, de rock and roll. La juventud y la soledad temprana, el sexo, el dinero.

Pero no puede durar para siempre. Se corre el riesgo de endurecerse hasta el punto de no apreciar otras cosas menos extremas, de no ver que las cosas sencillas son igualmente buenas. De ser un fundamentalista. De acartonarse. O peor, de hacer el ridículo.

Y soltar rollos como este.

Mal dadas es la opción para apreciar la sencillez en medio del exceso. La historia que te hace frenar y mirar dos veces que demonios estás leyendo. La rutina pausada de unas vidas más o menos monótonas, solo rota por la codicia más rastrera.

La novela de James Ross, lejos de acercarse a los Hardboileds de la época en que fue publicada (1940) y sumarse a la novela de detective y asesinatos de aquellos años, corre en otra dirección; más cercana, si queréis, a aquellas extraordinarias novelas picarescas que escribió John Steinbeck entre 1935 y 1954 y que tenían como escenario los arrabales de Monterrey.

Aunque con muchos menos personajes y con algo más de sangre, Mal dadas podría hermanarse con Tortilla Flat, Cannery Row o Dulce jueves, compartiendo una visión de la vida basada en la supervivencia pícara, en los pequeños y mal pagados trabajos, en las ingestas de alcohol ilegal, en la destilación de dicho alcohol, en el juego, en la precariedad de la época. Sobre todo en eso, en la precariedad de una generación sin presente, sumida en los años de la Gran depresión después del crack de 1929.

Aunque Mal dadas, sin ser optimista, es algo más halagüeña que las novelas de Steinbeck. En ella está presente una rutina más normalizada; un trabajo estable para la época, cierta sensación de estabilidad, una lenta prosperidad que se abre paso…

Así que tú esperas (a priori) leer algo en la línea de los tipos duros del pulp de aquellos maravillosos años, y resulta que Ross tiene otros planes para su novela. Alejada de un lenguaje duro y explicito, alejada de las tramas donde abundaban los tiros, las peleas y las persecuciones, Ross se decanta por escribir una novela que parece querer ir a contracorriente de las demás, no sé si por imposición de algún tipo o por pura rebeldía, Ross elude el aura del Hardboiled y escribe una novela de taberneros, una novela sin grandes tramas, sin mujeres explosivas, sin atracos y sin todo lo que en aquellos años estaba a la orden del día.

Y ya no publicó ni una más, pobre. No tuvo éxito y nadie más apostó por él.

Jack McDonald no tiene nada, le han embargado la destartalada granja donde vivía por no pagar los impuestos, con ella, el pequeño huerto de donde comía, una vieja mula, una vaca raquítica y unas cuantas gallinas que no ponían huevos. Sin nada que hacer en la vida, Jack acaba trabajando para un amigo de la infancia, Smut Milligan, un tipo sin escrúpulos y con mucha visión de mercado que emplea a Jack en el nuevo y flamante Salón de carretera que acaba de inaugurar. Pero las cosas no acaban de funcionar, y cuando las cosas van mal, la codicia llama a la puerta.

Si digo que hay que apreciar la sencillez, lo digo por novelas como esta, que apuestan por hacer las cosas sin grandes florituras, sin fuegos artificiales. Dos tipos, un bar, un montón de alcohol ilegal y un asunto turbio por en medio. Dejarse llevar, rutina, cigarrillos, montones de café, venganzas, puyas, y un final de esos buenos.

Nada mal para un tipo que no vendió demasiado.

Mal dadas
James Ross
Sajalín 2013

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