El vigilante, de Peter Terrin

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¨Estoy estirado encogido, acurrucado, me protejo a mí mismo. He quedado reducido a mis ojos, mi nariz y mis orejas; he perdido el rostro, soy un pequeño animal que vive en el centro de esta madriguera oscura y sofocante.¨

Hay una línea muy fina entre la cordura y la locura. Hay quien nunca la traspasa y vive toda su vida en relativa calma y tranquilidad. Y hay quien la traspasa, a veces de forma involuntaria o puede que forzando la mente bajo una presión inimaginable, sometiéndola. Y se convierte en otra persona.

La premisa de El vigilante, es todo un tour de force para la mente humana, para los protagonistas, para el lector. Terrin nos plantea una situación límite –o al menos es la apreciación que tenemos todos, tanto personajes como lectores- en la que dos personas se encargan de vigilar un edificio de apartamentos de lujo. El bloque es como un gigantesco bunker en el que la única entrada –y al mismo tiempo única salida- está en el sótano, en el parking, donde estos dos vigilantes tienen al mismo tiempo lugar de trabajo y  casa. Su prisión.

Todos los inquilinos entran y salen por ese garaje, por la única puerta que da al exterior. Los vigilantes no pueden salir de ese sótano, no pueden subir a ninguna planta del edificio, no pueden salir al exterior.

¿Por qué es una situación límite? ¿Por qué tanta seguridad? ¿Por qué viven veinticuatro horas al día, siete días a la semana en ese sótano?

Las preguntas se acumulan en cuanto la trama avanza, la oscuridad y la asfixia se apoderan del texto, del lector, del sótano. Dos vigilantes que segundo tras segundo, hora tras hora, día tras día ejercen su trabajo de manera inquebrantable, obsesiva hasta el límite. Dos vigilantes que no desfallecen ni cuando todos los inquilinos salvo uno abandonan el edificio en pos de algo desconocido. Que siguen haciendo su trabajo de manera leal y honrada, que incluso van más allá.

El efecto de lo desconocido hace mella, la incomunicación da paso a la imaginación más desbordada y brutal, el aislamiento hace crecer la semilla de la desconfianza. ¿Qué sucede en el exterior? ¿Por qué no hay noticias de la Organización?

El trabajo empieza a ser cada vez más exigente, hay que ser más exigentes, mejores. En su micro mundo lleno de oscuridad e incomunicación, los vigilantes adoptan comportamientos obsesivos, llenan los espacios de normas, de pequeños rituales, intentan luchar contra los miedos que los oprimen y los vuelve vulnerables a ojos de la Organización, a ojos del otro, a ojos de los inquilinos.

Cada nivel de exigencia es superior al anterior, cada vez son más exhaustivos, más duros, hasta que las exigencias se confunden con las supuestas amenazas y se diluyen en una difusa niebla entre la realidad y la sinrazón.

¨Tengo que prepararme para una gran aventura que hará empalidecer todo lo que he hecho hasta ahora. Cada segundo es una prueba.¨

Luchar contra el miedo es el auténtico motor de la trama, cuando el miedo es un gran gigante desconocido. El miedo a un atentado, el miedo a que entre algún intruso, el miedo a los inquilinos, el miedo a lo que sucede en el exterior, el miedo a ellos mismos. Luchar contra el miedo sin dejar de exigirse lo máximo a uno mismo. Viviendo en un cubículo, durmiendo apenas cinco horas por turnos, comiendo carne enlatada.

Desde la primera línea estamos a merced de Terrin, dominados y arrodillados a la contundencia del texto, al estilo seco y directo, a los capítulos cortos y afilados como una navaja. Hipnotizados por la atmósfera asfixiante, por el duro comportamiento de los vigilantes, por el magnetismo del sótano, por el mundo desconocido del exterior.

Terrin construye una novela que nos satura los sentidos, donde cada uno de ellos es puesto a prueba, sometido a un concienzudo examen; la vista, cuando todo es oscuridad y apenas se perciben los contornos y los objetos son meras ideas; el oído, único sentido del que fiarse cuando no se ve nada, cuando se está vigilante, cuando cualquier ruido puede ser una amenaza; el olfato, con el que oler al otro, su miedo, su pánico, su nerviosismo, con el que oler cuanto nos rodea, lo que hay y lo que ha habido, lo que queda; el tacto, para buscar camino en la negrura, para aferrarse y no caer, para llevar a cabo obsesivos rituales; el gusto, casi anulado, cercenado, aletargado, reducido a su mínima expresión, olvidado.

El vigilante es en muchos aspectos una novela excesiva, delirante, con pasajes entre la realidad y el delirio que tendremos que ser capaces de encajar, de absorber y continuar adelante, es una novela extraña, inclasificable, con un pie en la distopía, en la que nunca sabemos que ha sucedido, ni que sucederá. Solo sabemos qué está sucediendo.

Hay que destacar la gran traducción de Maria Rosich y la valentía de la pequeña editorial Rayo verde por atreverse con esta novela, un absoluto acierto. Peter Terrin ha ganado en 2014 el Premio de Literatura de la Unión Europea con esta novela.

El vigilante
Peter Terrin
Ed. Rayo verde 2014
185 páginas.

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2 comentarios to “El vigilante, de Peter Terrin”

  1. Àngels Says:

    Quina bona pinta aquest vigilant. I quina pila de llibres, ja no sé com fer-ho.

  2. Ana Blasfuemia Says:

    Precisamente ahora estoy leyendo un libro que se mueve también en esa frontera entre la locura y la cordura, un discurrir delirante y excesivo también, así que supongo que no sería buena idea leer a este vigilante así seguido, pero en la saca está.

    Gracias y un saludo!

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