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Galveston, de Nic Pizzolatto

29/08/2014

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¨No sé si mi cuerpo recordó de pronto todo lo que me habían hecho, pero el terror me atenazó las pelotas, el corazón y la garganta. Sentí el frío metal del revólver en mi mano y la idea de utilizarlo me pareció de pronto irrealizable; sólo de pensarlo me quedaba paralizado. Todo mi cuerpo estaba como atenazado por el pánico. No tenía la menor idea de que me hubiera vuelto tan sumiso.¨

Estoy empezando a descubrir, llegados los cuarenta, qué escenarios me seducen más del género negro. Qué mecanismos me hacen quedarme y qué otros alejarme de la lectura. Con qué tipo de personajes me llevo mejor y qué otros encuentro insufribles. Será la madurez. También empiezo a mirar de reojo las Harleys y los Ford Mustang. Y bebo más cerveza que nunca.

Y sonrío poco.

Era imposible que no me gustase Galveston.

Lo leí en mis deliciosas vacaciones; entre gritos, salpicaduras, cerveza tibia y caras de ya-basta-estamos-de-vacaciones. No es digno leer en bañador, y mucho menos untado de crema, entre pechos al aire, muslos blancos y espaldas abrasadas. Pero ya sabéis, así está la cosa.

Cuando uno empieza identificar todas esas cosas de más arriba, aunque sea tarde, es cuando empieza de verdad a disfrutar de la literatura, es cuando empieza a seleccionar mucho más, a identificar si algo funciona o no funciona y porque lo hace, empieza el conocimiento de uno mismo, si uno no se conoce de antes, que no es mi caso, y se puede disfrutar mucho más de los libros. O al menos es lo que me pasa a mí.

Galveston tiene todos los ingredientes, todos los matices, los mecanismos y recovecos que he ido coleccionado, todas esas cosas que me gustan de una novela, todos juntos, en una misma trama, en una misma historia. Pizzolatto no solo escribe bien, sino que además parece conocer el alma humana como nadie, la exprime, la prensa, para sacar de ella todo cuanto habita, todo cuanto ha vivido.

Galveston tiene una muy buena trama, pero no es una historia convencional donde se apoye el peso de la novela. El peso de la novela lo llevan los personajes, los pilares son sus vidas, su pasado, sus acciones, sus decisiones. El resto es un maravilloso decorado tejido con exquisitez y detalle, con sequedad y polvo, con sudor y sangre, con frustración y violencia.

Roy Cody se gana la vida de gánster, de gánster un poco de segunda. Hasta que un día cae en una encerrona de la que logra salir con vida por muy poco. Con vida y con una puta casi adolescente que se le ha pegado como una hija a la que le falta un padre. La chica se llama Rocky, es preciosa, mal hablada, llama la atención y tiene un pasado más oscuro que el fondo de un pozo. Justo lo que necesita Roy. Al salir con vida de la trampa, Roy y Rocky han de huir de Nueva Orleans si quieren salvar el culo, así que Roy decide bajar a Galveston, Texas.

Galveston podría ser una road-movie o road-novel si la trama tuviera el peso que normalmente se le atribuye a este tipo de novelas de género, o si fuera un thriller, si estuviera concebida como un bestseller. Pero como ya he dicho esta novela va más allá y el conjunto es más un viaje al pasado, un golpe con efecto que va rebotando en las vidas de los personajes, que los despoja y los viste y los vuelve a despojar de sus emociones, de sus ilusiones, de sus creencias. Un viaje –un poco como aquel que hacen Lee y wild en Por mal camino– lleno de pliegues, de sensaciones, lleno de reproches, de fallos, de pérdidas, de curvas y de amistad.

¨Hay ciertas experiencias a las que es imposible sobrevivir, y después ya no existes del todo, incluso si no has llegado a morir.¨

Que Pizzolatto es un creador nato de personajes lo sabemos, lo intuimos, es guionista de una de las mejores series que se está viendo en televisión en los últimos años, y en Galveston –anterior a la serie- ya da una buena muestra de ello. Pero no solo en los principales, los secundarios –Tiff, Nancy, Dehra, Nonie, Tray,Lance– están a la altura, son fuertes, definidos, unos secundarios de lujo, un conjunto de personajes entre oscuros, tiernos, crueles y desconfiados, una galería donde escoger, donde identificarse.

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Pizzolatto ha escrito una novela que no le debe nada a nadie, una novela redonda, potente, oscura, triste, una historia de redenciones y también de pérdidas, cruel y a veces dulce, seca, áspera. Con guiños a James Lee Burke y a esa tierra que tan bien conoce, Luisiana. El chico de Nueva Orleans está a la altura de su fama, y cualquiera que lea Galveston lo comprobará; estilo depurado, poderoso, con clase, seco, directo, sin rellenos, con un punto lirico, un estilo con mucha personalidad.

Magnífica la traducción de Mauricio Bach para Salamandra Black que respeta toda la esencia y dureza del texto, sin duda no debe de haber sido fácil.

Galveston es toda una declaración de intenciones por parte de Salamandra Black, una apuesta radical por la calidad, algo que ya intuíamos sabiendo quien hay detrás. Siempre es difícil empezar una colección nueva, y más cuando se espera tanto de quién la dirige y se habla tanto de su primera apuesta. Bueno pues ya la tenemos aquí. Y joder, yo creo que esta gente ha venido para quedarse.

Pizzolatto ganó con Galveston el Barnes and Noble Discovery Award en 2010 y quedó finalista del premio Edgar a la mejor primera novela también en 2010. En 2011 gano el Spur Award a la mejor primera novela, concedida por la Western Writers of America. Y en Francia, el mismo año, ganó el Prix du Premier Roman étranger (premio a la mejor primera novela).

Galveston
Nic Pizzolatto
Ed. Salamandra, Colección Salamandra Black
288 páginas.

Saunderizado

21/08/2014

diez

Siempre le pregunto por las vacaciones, con una punzada de envidia mal sana, como si me importara algo. Deseando que en el fondo hayan sido tan aborrecibles como las mías, deseando que en el último momento algo haya fallado, que en realidad, esas fotografías que ha estado exhibiendo –él y todo el planeta en general- por todas partes, fuesen solo una parte de su frustración, que detrás, cómo en ese fantástico video que corre por ahí, en realidad todo sea una farsa, que de verdad no hayan sido tan increíbles, tan divertidas, tan rejuvenecedoras, tan idílicas y tan felices. Pienso todo eso. Mientras la otra parte me dice que sí, que han sido las mejores vacaciones hasta el momento, y que sus hijos son una joya, que se portan estupendamente, que su mujer lo ama, que se siente joven, sano y fuerte, lo pienso mientras veo su bronceado perfecto, si vientre plano, sus ojos relucientes, su aura de felicidad.

Y le odio. Hay en la felicidad de los demás algo insultante, algo que te desmorona y te hunde. Tu propio fracaso.

Me siento como un personaje de George Saunders. Un fracaso constante.

Un poco como Al Roosten a la sombra de Larry Donfrey y de su mujer de piernas perfectas, de sus hijos perfectos, de su vida perfecta. Preparado para salir al escenario, nervioso, lleno de dudas, joder, ¡todo va a salir bien! ¡Habrá gritos y silbidos!

Esperando una oportunidad, un poco como Kyle, que ve esa oportunidad ante Alison, Alison Alison Alison, y ahora está ahí, en sus manos, la geoda, la oportunidad, la ocasión, la decisión. ¿Y luego? ¿Qué pasará luego? AlisonAlisonAlison

Lleno de confusión como Padre. ¿Quién más ve en el palo la obsesión y la frustración de uno mismo? ¿De una vida entera vacía y perdida?

Frustrado como Mikey, frustrado una y mil veces después de darlo todo por los demás y recibir a cambio la condescendencia general, la mirada vacía. O peor, una nada liquida y espesa de quien te importa; su felicidad y su prosperidad, su arrogancia frente a tu mediocridad. La rabia y la ira nebulosa.

Sobreviviendo como Callie, ¿Quién va a culparla? Nos atrevemos a juzgar siempre, pobre Callie, y pobre Bo, a veces solo hacemos las cosas como sabemos, o como creemos que se hacen, sin más, sin modelos, sin futuro, por amor, por un amor más allá de cualquier duda, de cualquier lógica.

Es demasiado fácil odiar la felicidad ajena y no hacer nada para remediar nuestro fracaso, es demasiado fácil odiar la felicidad ajena desde la nebulosa de la ira. La virulencia con que dejamos de ser nosotros para ser los mismos teñidos de una furia desmedida, de una desbocada frustración imparable encarrilada a deñar a los demás. Y a nosotros mismos en cada estallido. Socavando en la tristeza una palada más, y una más, y una más.

Quizá las vacaciones en el fondo no fueran tan malas, rodeado de tipos igual que yo, uno detrás de otro, con sus vidas parecidas a las mías, llenos de frustraciones y de miedos, mediocres, tristes, con la mirada gastada, el ánimo hundido.

Lástima que no fueran reales.