Juego de espejos, de Andrea Camilleri

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Camilleri me produce felicidad. No lo puedo evitar. No como el sexo claro, no esa felicidad ahogada, húmeda y eléctrica del sexo. Otro tipo de felicidad más reposada, más duradera. A mí Camilleri me recuerda al verano, a algunas cosas que tiene el verano. Es raro. Leo a Camilleri y me bajan las revoluciones, me entra hambre, busco el sol, sonrío. Y si tuviera un gato lo acariciaría mientras leo.

Camilleri como terapia.

Supongo que las series hay que leerlas en orden, que para eso son una serie, pero últimamente estoy un poco anárquico, y tan centrado como si estuviera en una sala llena de adolescentes, buena música y bastante cerveza. Así que leo a Camilleri en desorden. Por suerte Camilleri me lo tolera y no es demasiado importante seguir la serie de Montalbano a raja tabla. Por supuesto Montablano se hace mayor, pero en términos generales es una serie que se deja leer un poco como te venga en gana. Me gusta.

Juego de espejos es, una vez más, una clara muestra del talento de Camilleri para darnos lo que más nos gusta, para seguir dándole vida a un Montalbano que ya las ha visto de todos los colores y de todos los tamaños; para seguir haciendo lo de siempre de forma impecable y casi inmejorable.

Montalbano con pequeños achaques, con despistes, notándose la edad, consciente del paso del tiempo. Camilleri es franco con nosotros, los lectores, y nos enseña, nos da, un Montalbano que envejece, que olvida, y no solo eso; parece que le gusta que nuestro héroe lo pase mal y hasta da la sensación de que se recrea en esas pequeñas flaquezas, las engrandece, nos las señala, siempre cargando la narración de humor negro, de socarronería, de un poco de crueldad de padre que señala las flojeras de su hijo.

Porque una de las mayores flaquezas de un hombre, y más de un hombre que se hace mayor –entendamos mayor cada uno como le dé la gana, pongamos que de los cuarenta para arriba por ejemplo, por aquello de mirar atrás y ver lo que has hecho en tu vida y blablabla- son la mujeres. Sí, las mujeres en general y las mujeres guapas en concreto. Y aquí Camilleri le ha puesto de vecina a nuestro querido Montalbano una mujer que no solo es guapa, es absolutamente arrebatadora, seductora, exquisita y encantadora.

Y así no se puede.

Así no puede uno concentrarse en nada, ni en un caso, ni en dos, ni en uno mismo, ni en sus subordinados, no se puede y ya está. Camilleri es un poco cabroncete y se regocija en ver como sufre Montalbano con un panorama semejante; entre bombas que explotan en lugares solitarios, buscando maridos que parecen fantasmas, controlando jovencitos amantes, peleando con el maravilloso Catarella, intentando descifrar cartas anónimas, y lidiando con la confusión que le produce su propio cuerpo y la visión cada vez más perturbadora de su querida vecina Liliana.

Entre visita y vista a la trattoria de Enzo, Montalbano nos sigue deleitando con serenos paseos, reflexiones sobre las pequeñas cosas, diálogos mordaces, paciencia infinita y mucho humor negro para seguir adelante. Camilleri es así, con tramas sencillas en las que sentirse como en casa, ni estridencias ni gritos ni sangre ni vísceras. Solo Montalbano y sus flaquezas.

 

Juego de espejos
Andera Camilleri
Salamandra 2014
219 páginas.

 

 

 

 

 

 

 

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4 comentarios to “Juego de espejos, de Andrea Camilleri”

  1. Jose Ignacio Says:

    Leeré con más dtenimiento tu reseña después de leerlo, pero antes tengo pendiente La caza del tesoro creo que se llama en castellano..

  2. MaiteUró Says:

    Yo también he vuelto a Camilleri, porque como para tí, leerle es como una terapia: Camilleri relaja.

  3. David Says:

    Yo sí que estoy siguiendo la serie por orden y me pasa como a ti, que me dan buen rollo leer a Camilleri. Me alegra ver que tanto a ti como a Marta os ha gustado esta entrega. Eso motiva a seguir adelante.
    Salud

  4. Elisa Says:

    Lo he leído todo, en orden y en desorden, según lo encontraba, y me alegra ver que a ti te produce las mismas sensaciones que yo experimento. El único problema es el síndrome de abstinencia, porque lo devoro a tal velocidad que me voy a las esquinas a aullar hasta que escribe el siguiente, y el hombre está mayor…

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